Mostrando entradas con la etiqueta Religion. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Religion. Mostrar todas las entradas

martes, 10 de mayo de 2011

Los científicos se preguntan qué es exactamente la religión y para qué sirve

La guía del buen dios

The Economist

Traducción; de Anahí Seri

La religión está por doquier, pero no es universal, lo cual es un enigma para la gente que intenta explicarla. Las personas religiosas, viendo su omnipresencia (aunque no todo el mundo es religioso, todas las sociedades humanas tienen religiones), sostienen que ello es prueba de que la religión es un auténtico reflejo de la naturaleza subyacente de las cosas. Los escépticos se preguntan por qué, si eso es así, hay tantísimas variedades, desde la Iglesia Católica y la Iglesia Apostólica hasta los “cultos del cargo” de Papúa Nueva Guinea; a cada una de estas confesiones, las explicaciones de las demás les parecen anatema.

Para sistematizar un poco el asunto, los investigadores que participan en un proyecto multinacional llamado Explaining Religion han estado tres años recopilando datos sobre diversos aspectos de la práctica religiosa y los comportamientos morales sobre las que las religiones a menudo afirman tener influencia. La fase de recopilación de datos concluyó a finales de 2010, y se están comenzando a publicar los resultados.

Actualmente, la mayoría de los estudiosos del tema coincidirían en que están aún en la fase de “colección de sellos” con la que a menudo comienza una nueva ciencia; se acumulan hechos sin tener claro cómo encajan entre sí. Pero ya han empezado a surgir algunos patrones. En particular, los científicos del proyecto han estudiado las ideas del justo merecido, de la desaprobación divina y de la naturaleza de un ritual religioso.

Una teoría sobre el origen de la religión es que apuntala la extraordinaria capacidad de colaboración que condujo al ascenso del homo sapiens. Una característica de muchas religiones es la idea de que el mal recibe un castigo divino, y la virtud es recompensada. En otras palabras, los tramposos y los avariciosos se llevan su merecido. Esta creencia promueve un desprendimiento que podría explicar cómo evolucionó la religión. Pero ¿la idea del justo merecido universal es de verdad instintiva, como parece sugerir esta interpretación?

Caminos misteriosos

Para poner a prueba esta hipótesis, Nicolas Baumard (entonces en Oxford, ahora en la Universidad de Pensilvania) usó un ordenador para estudiar la reacción de la gente ante una fábula moral moderna. Los voluntarios del Dr Baumard leían un texto sobre un mendigo que pedía limosna, y un transeúnte que no le daba. En algunos casos, el transeúnte no sólo era tacaño, sino que además insultaba al pobre hombre. En otros, estaba sin un chavo y se disculpaba. En ambos casos, a continuación le ocurría algo desagradable (tropezaba con el cordón del zapato, se caía porque el mendigo le había puesto una zancadilla, era atropellado, etc.)

La pregunta que se le planteaba a cada voluntario era si el segundo acontecimiento estaba causado por el comportamiento del transeúnte hacia el mendigo. La mayoría contestó que no, dando a entender que la causa era el cordón, o el pie del mendigo, o el coche. Pero el Dr Baumard también midió cuánto tiempo dedicaba cada voluntario a reflexionar la respuesta – y resultó que cuando el transeúnte se había comportado mal con el mendigo, el voluntario pasaba un tiempo significativamente superior pensándose la respuesta que cuando se había comportado bien, o cuando el mendigo le había puesto la zancadilla.

La interpretación del Dr Baumard, aunque no la puede demostrar, es que los voluntarios estaban estableciendo efectivamente una conexión mental, durante este tiempo adicional de reflexión, entre las acciones del transeúnte y su subsiguiente destino. En otras palabras, estaban considerando la idea de que se estaba llevando su merecido, propinado por alguna especie de destino universal.

Esta interpretación requerirá que se ponga a prueba mucho más. Pero cuadra bien con un segundo resultado del proyecto, relacionado con la idea de que Dios siempre está observándote.

Para investigar esto, el Dr Baumard formó un equipo con Ryean McKay de la Universidad de Londres y Pierrick Bourrat de la Universidad de Sydney. Juntos, estudiaron si unas pistas sutiles sobre el estar siendo observado tenían algún efecto sobre el comportamiento de la gente.

Está en los ojos

En este caso invitaron a los voluntarios a valorar la aceptabilidad de dos actos: quedarse con el dinero de una cartera perdida y falsificar un currículum. A la mitad de los voluntarios se les dio la tarea escrita en un papel que incluía una imagen de unos ojos. La otra mitad tenía en las instrucciones la imagen de unas flores.

Una vez más, esto no demuestra nada. Unos ojos indagadores no indican un ente sobrenatural, y es bien sabido que a la gente también le pica la conciencia cuando están bajo escrutinio humano. Pero sí es indicación de un proceso mental del que podrían sacar partido las ideas religiosas acerca de un dios omnisciente que nos enjuicia.

Para seguir explorando esta idea, el Dr Baumard se unió a Quentin Atkinson, de la Universidad de Auckland. Entre los dos se pusieron a estudiar el World Values Survey, una encuesta de 87 países que pregunta a los encuestados, entre otras cosas, sobre sus creencias religiosas y la aceptabilidad de una serie de infracciones, desde el tirar basura por la calle hasta el adulterio. La conclusión del análisis del Dr Baumard y el Dr Atkinson es que las personas cuya religión incluye a un dios omnisciente y que juzga (cristianos, musulmanes, etc.) evalúan todas las transgresiones de manera más severa que aquellas personas, como los budistas, cuya religión no responde a ese patrón (los agnósticos y los ateos piensan como los budistas).

Cuestiones de rituales

Las ideas del justo merecido y de la mala conciencia son, en esencia, cuestiones privadas del cerebro de cada uno. Pero hay una tercera idea religiosa, muy pública, que podría promover la cooperación: los rituales compartidos:

Los psicólogos distinguen entre dos tipos de memoria a largo plazo. Una, la memoria semántica, registra cosas que se aprenden conscientemente, sin experiencia directa, por ejemplo las lecciones de historia en la escuela. La otra, la memoria episódica, registra sucesos memorables de la vida de una persona.

Harvey Whitehouse, también de Oxford, piensa que estas formas distintas de memorización corresponden a lo que el ve como dos aspectos distintos de la religiosidad. El modo religioso doctrinal, como le llama al primero de éstos, favorece ritos frecuentes pero no especialmente excitantes, que permiten a la memoria semántica almacenar un gran corpus de enseñanza. Esto explica las oraciones del viernes en el Islam, o la misa diaria de los católicos más entusiastas.

El segundo modo, el modo imaginístico, en la terminología del Dr. Whitehouse, se basa en sucesos infrecuentes pero muy excitantes que quedan grabados en la memoria episódica por su intensidad emocional. Ahora bien, como las profundidades del trauma se rememoran más vívidamente que las cumbres de la euforia, las religiones, según esta teoría, deberían optar por lo primero. Y de hecho es lo que hacen.

Sirve de ejemplo una ceremonia de iniciación pavorosa que se inflinge los jóvenes de la tribu australiana de los Aranda. Primero se los somete a la circuncisión, y luego se los sujeta boca abajo mientras varios de los ancianos de la tribu les dan fuertes mordiscos en el cuero cabelludo y la barbilla, para después rajarles la uretra con una cuchilla de piedra. Es el tipo de experiencia de la que uno no se olvida fácilmente. Además, hace que uno sienta una gran afinidad hacia los otros que han pasado por ahí, y tal vez un cierto desdén hacia los que no; un rito que fomenta la solidaridad como el que más.

Para poner a prueba su hipótesis de que hay dos tipos básicos de rituales, el Dr Whitehouse solicitó la asistencia del Dr. Atkinson. Entre los dos elaboraron una base de datos de 645 rituales de 74 culturas, recurriendo a las Human Relations Data Files, una gran colección de material etnográfico. Evaluaron la frecuencia de cada ritual así como el correspondiente nivel de excitación. Tal como habían predicho, aunque los rituales de bajo nivel de excitación son más comunes, la tendencia es que los comportamientos rituales se aglomeren en los dos extremos del espectro: abundan los muy frecuentes y poco o nada desagradables, así como los muy desagradables que se realizan muy infrecuentemente.

El siguiente paso consiste en ampliar el baúl de datos, en particular añadiendo información histórica a la información contemporánea de la que ya se dispone. Las investigaciones también podrían abarcar rituales no religiosos, desde las novatadas de los militares hasta los himnos que se le cantan a la empresa. Esto supone reunir a antropólogos, arqueólogos, psicólogos evolutivos e historiadores, y peinar 5.000 años de historia recogiendo rituales.

Así pues, aunque Explaining Religion no ha alcanzado en realidad el objetivo bastante ambicioso que da nombre al proyecto, sí ha abierto algunas sendas de investigación prometedoras, y ha dado lugar a lo que la ciencia anhela, a más investigación. Y lo más importante es que ha permitido que la investigación racional entre en un área del comportamiento humano que rara vez se somete a este escrutinio. Ya sólo por eso merece que lo celebremos.

Fuente: http://www.economist.com/node/18584074?fsrc=scn/tw/te/ar/thegoodgodguide

domingo, 23 de enero de 2011

Con la iglesia hemos topado

Más de dos mil años después del presunto sacrificio de Jesús de Nazaret, en aras del género humano, sus seguidores y fieles discípulos se dedicaron hasta ayer mismo a la noble tarea de la evangelización del mundo, llevando a los hombres y mujeres que nada sabían de aquel profeta de Belén (pero sí de otras deidades más cercanas), una cruz y una espada con las que cercenaban las ideas y la cabeza, respectivamente, para demostrarle al orbe que el Hijo de Dios había llegado al planeta Tierra, prometiendo cielo y paraíso a los desheredados de la fortuna, e infierno y castigo a los ricos epulones, pecadores e inmorales.

Más de dos mil años después de la presunta crucifixión de aquel rabí, los inmorales, pecadores y potentados ocupan el paraíso terrenal, mientras que los pobres y miserables han de contentarse pensando en que, después de esta vida de angustia y sufrimiento, se les ha prometido una estancia eterna al lado del Señor. Muchos de ellos y ellas no están satisfechos con tal posibilidad. No sé, pero me da en la nariz que hay pocas personas que se hayan convencido de que después del último suspiro, va a llegar un ángel para llevarles a la presencia del Ser Supremo.

Más de veinte siglos después de la fundación de la Iglesia cristiana (con todas sus variantes, papas, concilios, escisiones y herejías, invasión de naciones, países, tribus y pueblos de los cuatro puntos cardinales), la riqueza y el dinero impregnan la existencia de los mensajeros del Dios de los cristianos, cuya actividad más destacada es una llamada de atención constante a los gobiernos que se declaran socialistas (es decir, a los sistemas que tienen como meta la igualdad, la salud, el trabajo, la cultura y la vivienda para todos los seres humanos), recriminándoles, con mayor o menor enfado, el sagrado cumplimiento de las libertades, entendidas como la facultad que tienen veinte familias muy devotas para monopolizar los bienes de un país. Ah, y sus medios de comunicación.

Más de veinte siglos después de la presunta ejecución de Jesucristo, esa Iglesia cierra filas en torno a sus cuentas corrientes, se niega a condenar (pero sí lamentar) los miles de casos de pedofilia y abusos sexuales de menores protagonizados por los representantes de aquel enviado de Dios. Hasta se da el caso de que un seguidor de Hitler, el actual papa Benedicto XVI, fuera elegido como sucesor de San Pedro en la tierra, se supone que para dejar sentada la complacencia hacia el nazismo del divino redentor. Claro, cómo no, si le mataron los judíos, dice una vecina del PP.

La expansión del cristianismo se ha distinguido a lo largo de ese tiempo por haber invadido a sangre y fuego, en nombre de la bondad y la fraternidad, a media humanidad, desde Europa a Latinoamérica, desde el lejano Oriente al océano Ártico, masacrando civilizaciones, etnias, culturas y poblaciones que adoraban otra clase de deidades, que aunque crueles en sus exigencias de sacrificios y ofrendas, les eran más propias que los latigazos y hogueras de aquellos frailes, curas, sacerdotes y obispos, encendidos de cólera ante el paganismo que hallaban durante sus santas guerras.

El Cardenal Rouco Varela se acaba de reunir con Zapatero para ver qué pasa con el dinero de la Iglesia Católica española en estos tiempos de crisis. Y pregunto:

¿No deberían ser los fieles, quienes sostuvieran económicamente a sus predicadores?

¿No es más lógico que los madridistas sean quienes sustenten a su equipo?

¿No son los ciudadanos españoles de cualquier ideología, credo, sexo o raza, quienes soportan al estado con sus impuestos?

¿No es el estado el que con el dinero de todos financia la ruina de los bancos privados?

¿No es lógico que fueran los militantes quienes nutrieran las arcas de sus partidos políticos?

¿Qué hace entonces un presidente de gobierno discutiendo acerca de los bienes de la Iglesia, si la labor de esta multinacional es ante todo de carácter espiritual?

¿Qué pinta este monopolio recibiendo de las arcas del estado, no sólo millones de euros, sino edificios, suelo urbanizable, exenciones tributarias, rebajas de impuestos, y mil triquiñuelas más, dignas no de un colectivo que se diga cristiano, sino de un aquelarre tan inútil como rastrero?

Dos mil años de impostura, de hipocresía, de defensa de las dictaduras más asesinas y genocidas, de apoyo a las masacres pero condena de la violencia, de alerta ante la inmoralidad pero silencio y lágrimas de cocodrilo ante los casos de pederastia propios.

Dos mil años de publicidad engañosa, de spots gratuitos en todas las cadenas del mundo, de financiación procedente de la droga y la especulación. Y aún así, cada día hay menos muchachos que acudan a los seminarios para hacerse sacerdotes e impartir las enseñanzas de Jesús entre los pobres y desheredados.

Cada día hay menos vocaciones entre las jóvenes para dedicarse a emular a la madre Teresa de Calcuta. Eso ya son cosas de algunas ONG y sus monaguillos a lo Alejandro Sanz, estremeciéndose por los millones de niños infectados de SIDA en el tercer mundo, evadiendo impuestos a paraísos fiscales, o en el colmo del sarcasmo, apoyando a las multinacionales de la industria farmacéutica, que se niegan a fabricar medicamentos baratos.

Pero afortunadamente cada día hay más sospechas fundadas de que la Iglesia Católica, y todas las demás, son mucho más que el opio del pueblo. Son su contaminación, sus heces, su castigo, su paranoia, su prisión y su muerte. No soy ateo, sino agnóstico; nunca he pegado o maltratado a una monja o un hermano marista. Jamás he insultado a un sacerdote, aunque fuera el confesor de Rubalcaba. Prometo que no soy anticlerical profundo, pero lo que no soporto es la impunidad del delito en sesión continua, la impostura durante veinte siglos, la mentira desde hace dos mil años.

Quédese Dios en el corazón de cada cual y enciérrense en las chabolas, chozas y favelas del mundo, todos aquellos que campan en el Vaticano, que simpatizan con el Papa y sus enseñanzas, para cumplir lo que les ordenó su líder espiritual. Mientras tanto, lo que más me llama la atención es la piedad del ser humano para con sus impostores, sus verdugos y torturadores.

Y es lo que yo digo: Rousseau tenía toda la razón cuando hablaba de que el ser humano es bueno por naturaleza. Un día crucificaron a Cristo, pero de 264 papas que ha habido en la historia, solo veintiuno murieron como mártires; cuatro fallecieron en el exilio y uno en la cárcel. A esa lista se pueden añadir otros nueve pontífices que desaparecieron en circunstancias violentas: seis fueron asesinados, dos la palmaron por las heridas en el curso de revueltas y uno por el derrumbe de un techo. Dos papas fallecieron víctimas de su glotonería: Pablo II murió en 1471, después de haber comido dos melones enormes, y Clemente XIV que se fue al otro mundo en 1774 por una indigestión.

¡Ah¡… y el papa Juan Pablo I, quien falleció tras ingerir una sopa que le llevó a la cama una monjita, preparada al parecer en la cocina del cardenal Ratzinger. No se hizo la autopsia al cadáver, ni se analizó el líquido, por obvias razones que sólo el Vaticano y el Señor conocen. Por eso no me fío ni de Dios. Y menos aún de Rouco Corleone Varela.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Legionarios de Cristo: la religión del poder


por Edgar González Ruiz*

A pesar del descrédito de Marcial Maciel (1920-2008), cuyos abusos escandalizaron a la opinión pública y a la propia jerarquía católica, el grupo que él creó aún cuenta con el apoyo de sectores acaudalados, que se identifican con su forma de conciliar la devoción con el afán de lucro.

Algunas de esas familias siguen confiando a los Legionarios la formación de sus hijos, no obstante que desde la década de 1990 se difundieron ampliamente testimonios de exdiscípulos de Maciel, de quienes abusó cuando eran adolescentes.

Uno de ellos, Alejandro Espinosa, publicó en la década siguiente el libro El legionario, donde entra en detalles sobre esos hechos y denuncia la doble vida del fundador de los Legionarios de Cristo, comentando incluso su afición a las drogas.

Como un sátiro místico, a la vez que encabezaba un movimiento ultraconservador, enfocado sobre todo a las elites económicas, para las que fundó colegios y universidades, Maciel ejercía una frenética actividad sexual que lo llevó a procrear hijos e hijas que ahora reclaman sus bienes.

En agosto de 2009, el periódico español El Mundo reveló la existencia de al menos seis de esos vástagos: una en España; otra, ya fallecida, en Suiza; otro hijo en Inglaterra, y tres con una mexicana que aún vive, y que reclaman sus derechos.

En la época de Juan Pablo II, el Vaticano protegió a Maciel con tal de no desalentar su activismo contra las libertades sexuales, que abanderaba, con increíble hipocresía, ese personaje de vida tan disoluta.

Quienes conocieron a Maciel durante décadas saben que sus abusos no se limitaban al terreno sexual, sino que gustaba de ejercer el engaño y el sometimiento personal en los diferentes ámbitos de la vida.

Confirmando esos testimonios, a fines de 2009, algunos medios comentaron el bochornoso asunto del plagio de un libro por parte de Maciel. Se trata de una obra de cabecera de los Legionarios, firmada por Marcial Maciel, y titulada El salterio de mis días, que ahora se considera una copia casi total, tanto en contenido como en estilo, del libro El salterio de mis horas, del republicano Luis Lucía.

La hipocresía de Maciel

En 1991, a 50 años de haber fundado la orden de Los Legionarios, que actúa conjuntamente con el movimiento laico de El Reino de Cristo, Maciel firmó una carta dirigida a un importante empresario chileno, país donde los Legionarios tienen influencia, y que han estado publicando como folleto (El Hombre del Reino, México, 2008).

En ese escrito, Maciel dejó testimonio de su propia falsedad y de su tendencia a abusar de los demás, que lo lleva a predicar a sus fieles precisamente lo contrario de lo que él hizo, y a sugerir a los empresarios ligados a la Legión estrategias tramposas para adoctrinar a sus empleados.

Además de reprobar reiteradamente el laicismo, que él considera fuente de los males del mundo moderno, hace hincapié en el rechazo del placer, encarnado en “la figura del hombre que se realiza en la satisfacción de sus apetitos más bajos y egoístas” (p.4). Precisamente lo que él mismo hizo, escudándose en una falsa religiosidad.

Por increíble que pueda parecer, en su escrito (si es que realmente lo redactó él), Maciel reprueba una y otra vez a quienes no ajustan su vida a lo que predican (p. 9), y elogia a quienes no se dejan seducir “por la fascinación de ídolos mendaces como son: la ambición de poder y dominio, aun a costa de atropellos e injusticias; la solicitud del goce desenfrenado de placeres sensuales, envileciendo la propia dignidad personal y la de otras personas que se prestan al juego del dinero y de todas las comodidades…” (p. 12).

Sabiendo que él mismo, además de abusar de varios adolescentes, fue padre de hijos a los que no reconoció públicamente por no convenir a su imagen e intereses, en su carta Maciel proclamaba: “El testimonio de vida del hombre del reino ha de aparecer en su propia familia; ante la esposa (sus amantes, en el caso de Maciel) y sobre todo ante los hijos (…) Sería inexplicable que un padre de familia estuviera seria y santamente comprometido en muchas obras apostólicas, pero no pusiera cuidado de que sus propios hijos se formasen cristianamente” (p. 31).

“Frente a la mentalidad agresivamente hedonista, que busca la máxima satisfacción de los instintos y hace de las personas esclavos de las pasiones, el hombre del reino ha de demostrar a sus hijos la nobleza divina que encierra el cuerpo humano… y ha de enseñarles cuál es el respeto que se debe a la propia persona y a la persona de los demás” (p. 34).

Con la misma lógica de la hipocresía y del abuso, Maciel y los suyos no han tenido escrúpulos para vincularse con empresarios poderosos, incluso a los dedicados a ofrecer la satisfacción de los placeres, motor del consumo en la sociedad capitalista, ofreciéndoles a la vez una fórmula para reconciliar la devoción católica con los intereses materiales.

Consiste en ejercer libremente el abuso económico, base de los grandes negocios, pero a la vez, profesar un catolicismo conservador, entendido como la lucha contra el laicismo y contra las libertades personales que de él nacen.

Por eso, Maciel abiertamente recomienda a los empresarios el perverso negocio de imponer a sus trabajadores creencias religiosas, presentándoles ese adoctrinamiento nada menos que como un beneficio o incluso una prestación legal para ellos.

“Un empresario, por ejemplo, que da trabajo a 100, 400, 2 mil personas, puede, si lo quiere, y con sólo un poco de ingenio, disponer las cosas de tal manera que esos trabajadores reciban una adecuada catequización, y puede ofrecerles, entre las prestaciones ordinarias de la empresa, cursos de formación humana, religiosa y apostólica. De este modo estará contribuyendo de un modo muy concreto y palpable a la transformación cristiana de la sociedad” (p. 37).

Es comprensible que con ideas como esas, los empresarios se acerquen a los Legionarios, para que hagan propaganda conservadora y derechista en sus empresas, a la vez que la orden religiosa puede obtener recursos con dicha catequización, pues no la proporcionaran de manera gratuita.

Fanatismo y negocios en Cancún

Un ejemplo de esa religiosidad ligada al poder y al dinero puede verse en Cancún, que forma parte de la prelatura de Cancún Chetumal, encomendada desde 1970 a los Legionarios, quienes desarrollan allá un fuerte proselitismo, incluso en la zona hotelera donde edificaron el templo de Jesús Resucitado, una gran construcción ubicada en la avenida Kukulcán.

A ella suele acudir una feligresía de alto nivel económico, incluyendo turistas de los complejos cercanos, que escucha las predicaciones conservadoras y derechistas de los legionarios a cargo de la parroquia.

Por ejemplo, la tarde del 25 de diciembre de 2009, un joven sacerdote exponía una homilía abundante en tópicos oficialistas, como la supuesta “lucha contra el narcotráfico” y contra “la inseguridad”.

Juzgaba como una aberración que Beltrán Leyva, el traficante asesinado por fuerzas de seguridad, tuviera en sus aposentos la imagen de la Virgen de Guadalupe, pero no cuestionaba por ejemplo, que Maciel se ostentara como paladín de una forma de vida diametralmente opuesta a la que él mismo practicó.

Ante sus fieles, el cura esgrimía consignas gastadas y falsas, como la frase de que “no se puede salir a la calle por temor a la inseguridad”.

Asimismo, se pronunciaba contra las leyes que, según él, permiten el aborto (como el caso excepcional de la ciudad de México), pues el clero sigue la política de encarcelar a las mujeres que pretenden decidir sobre su propio cuerpo.

Siguiendo la prédica de Maciel contra el Estado laico, el joven legionario aseguraba que “Cristo debe estar en la política, en la economía y en las instituciones” y elogiaba la “doctrina social cristiana” (en otras palabras: voten por el Partido Acción Nacional).

Desde luego, nada dijo el religioso acerca de los abusos de los militares y de la militarización que lleva a cabo Calderón, y mucho menos de las agobiantes cargas económicas que el gobierno federal ha impuesto a los más pobres.

Por si fuera poco, los Legionarios impulsan que en los templos de Cancún, al final de las misas, se lea una oración con contenido oficialistas, donde se usa la figura de Jesucristo como aval del gobierno espurio, con estas palabras: “Te consagramos el país entero, a sus gobernantes, instituciones y ciudadanos”, y se invoca “el ardor por… reconstruir (luego del fraude de 2006) en la fraternidad nuestra patria” (bajo un gobierno militarista y católico).

Aunque oficialmente los legionarios reprueban el hedonismo, sí aceptan el apoyo de empresas importantes dedicadas a satisfacer los placeres ligados al consumo. Tan sólo en la hoja parroquial de ese templo, en su edición en inglés (Parish of the Risen Christ, Weekly Newsletter, no. 26, 25 de diciembre de 2009) aparecen como donantes varios restaurantes conocidos en Cancún (La Habichuela, Mocambo, La Dolce Vita), así como la empresa Royal Resorts, dueña de algunos de los principales conjuntos de tiempos compartidos, y que recibe su clientela principalmente del extranjero.

La suma de la injusticia y la credulidad, de la conveniencia y el fanatismo, permite que los Millonarios de Cristo encuentren en el emporio turístico terreno propicio para sus actividades terrenales.

Edgar González Ruiz

Maestro en Filosofía. Investigador y periodista, especializado en la derecha política en México y América Latina. Ha publicado varios libros, como: La Última Cruzada (2001); Los Abascal (2002); Cruces y Sombras (2006); El clero en armas (2007). En 2005 obtuvo el Premio José Martí; en 2006, el Premio Nacional de Periodismo, de México. Colabora en Contralínea.

viernes, 10 de diciembre de 2010

RENUNCIAS A LA IGLESIA CATOLICA EN DIFERENTES CIUDADES ARGENTINAS Y EN LATINOAMERICA

Otra apostasía colectiva

Varios centenares de personas bautizadas presentarán sus cartas de renuncia en arzobispados de Latinoamérica. No quieren figurar en listas que luego son utilizadas por la Iglesia para negociar poder y presupuesto.

http://www.pagina12.com.ar/commons/imgs/go-gris.gif Por Mariana Carbajal

Una nueva apostasía colectiva se realizará hoy en distintas ciudades del país y en forma simultánea en otros países latinoamericanos, como Uruguay, Brasil, Paraguay, Venezuela, Perú y México, promovida por feministas, ateas y ateos, activistas de la diversidad sexual y gente sin militancia. Varios centenares de personas bautizadas presentarán sus cartas de renuncia a la Iglesia Católica y pedirán que se borren sus nombres de los registros eclesiásticos. Y, fundamentalmente, se las deje de considerar católicas. “Es una forma de manifestar el desacuerdo con su política social, sexual y económica dejando en claro que no nos representa y que no deseamos que reciba, del Presupuesto del Estado nacional, subsidios ni privilegios en nuestro nombre”, explicó la psicóloga Cecilia Galcerán, quien en su adolescencia fue militante católica y ahora es una de las coordinadoras de esta movida, a la que han adherido, entre otras personalidades, el artista plástico León Ferrari, la cantautora cordobesa que vive en México Liliana Felipe y la legisladora porteña de la Coalición Cívica-ARI, Diana Maffía.

Justamente, “No en mi nombre” es el lema de esta propuesta de apostasía colectiva, que por primera vez se hizo en la Argentina el 30 de marzo de 2009. Muchas de las personas que quisieron “desafiliarse” de la Iglesia Católica en el último año y medio, como Galcerán, todavía no fueron notificadas de que el trámite concluyó exitosamente. Para la Iglesia Católica todo bautizado es católico, a pesar de que muchas personas han recibido ese sacramento siendo bebés, pero no viven acatando los preceptos morales que impone la religión. “La cifra de bautizados es muy alta porque se transformó en una cuestión cultural. Pero la Iglesia la utiliza para imponer sus puntos de vista en la legislación y conseguir privilegios”, objetó Galcerán.

La carta para apostatar se puede bajar del sitio http://apostasiacolectiva.org/. Hay que completarla con los datos de bautismo. El trámite, en realidad, es personal y debe realizarse en el Obispado o parroquia donde la persona fue bautizada. Hace una semana, cuando las organizadoras difundieron un comunicado dando cuenta de la iniciativa, más de un millar de personas consultaron la página en apenas dos días, destacó Galcerán, en diálogo con Página/12.

Galcerán presentó su carta de renuncia el 11 de marzo de 2009 en la iglesia de San Antonio de Padua, en el oeste del conurbano. A las dos semanas, en lugar de confirmarle que habían accedido a su pedido, recibió una carta firmada por el obispo de Moreno-Merlo y presidente de Cáritas, monseñor Fernando María Bargalló, en la que le pidió que reflexione con él en torno de su decisión. “Si bien mi intención será siempre la de respetar su libre voluntad y decisión, sin embargo, me gustaría que podamos compartir cuál ha sido la motivación que la ha llevado hasta este punto, ya que si bien se puede tener diferencias de criterios con la ‘Iglesia’, desde lo más profundo de nuestro bautismo celebramos el don y la alegría de ser hijos e hijas de Dios”, le escribió el obispo, y cerró la carta diciéndole: “Sepa que estoy a su disposición para charlar o profundizar sobre estos temas”.

Galcerán estará hoy a partir de las 16.30 frente a la Catedral Metropolitana junto con otras personas que entregarán su carta de renuncia a la Iglesia Católica o reclamarán –como ella– por sus solicitudes ya presentadas, sin respuesta. Galcerán vive en el barrio de Caballito. Ha sido madre soltera, de un hijo que hoy tiene 17 años, y hace varios años está en pareja. Nació y creció en una familia católica. Hace cuatro años, cuando se reconoció como feminista, empezó a querer “desmarcarse” de la Iglesia Católica. Dice que poco a poco fue tomando conciencia “de que le estaba dando de comer a un poder político nefasto y devastador para la configuración de la familia y el ejercicio de la sexualidad”.

Durante la jornada habrá presentaciones para darse de baja de la Iglesia Católica en diferentes ciudades del país: a las 10, en la Catedral de Mar del Plata y en el Arzobispado de San Juan, a las 10.30 en el Arzobispado de Rosario y a las 16 en el Arzobispado de La Plata. También en Mendoza y Salta.

La campaña invoca el artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y el artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, que garantizan la libertad de conciencia y de religión. Y se funda en la Ley 25.326 de Protección de Datos Personales. En su artículo 16, la normativa establece que “toda persona tiene derecho a que sean rectificados, actualizados y, cuando corresponda, suprimidos o sometidos a confidencialidad los datos personales de los que sea titular, que estén incluidos en un banco de datos”. Pero la Iglesia Católica no quiere borrarlos de sus registros. Por ahora, en los casos en que ha respondido, ha inscripto al lado de cada acta de bautismo la renuncia.