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miércoles, 21 de enero de 2015

Charlie Hebdo y el Choque de las Civilizaciones

© REUTERS/ Juan Medina

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Firmas

11:34 14.01.2015(actualizada a las 15:07 14.01.2015)

Vicky Peláez

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Lo que no se vale es la hipocresía y la doble moral de quienes condenan una forma de terrorismo y al mismo tiempo tratan de justificar el terror de los estados

— Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz

Los lamentables y repudiables acontecimientos relacionados en el atentado contra la revista satírica Charlie Hebdo el pasado 7 de enero, y que tantas interrogantes han sembrado en el mundo, no podrían ser entendidos sin una breve revisión de la historia reciente pues desde hace un tiempo los científicos sociales vienen advirtiendo sobre la confrontación o el choque de las civilizaciones que llevarán al planeta entero al caos.

En realidad la tragedia de Charlie Hebdo habría comenzado a gestarse a partir el sangriento atentado contra las Torres Gemelas el 11 de setiembre de 2001 cuando el mundo occidental se había sumergido en una época de "guerras preventivas", terror y caos "programados" como parte del proceso anunciado por George W. Bush para "liberar el mundo de malhechores" (evildoers).

Aquel año se convirtió en el momento clave en la historia moderna de los Estados Unidos pues todo lo que quedaba todavía de democracia se había convertido en la aliada incondicional del Estado y sus intereses nacionales determinados por un compacto grupo de belicosos "halcones iluminados".

En su afán de crear un Orden Mundial controlado exclusivamente por Norteamérica, estos globalizadores apelaron a la tesis del estudioso de Harvard Samuel Huntington formulada oficialmente en 1993 pero ya discutida al final de los 1980. En el artículo "The Clash of Civilizations" publicado en Foreign Affairs, Huntington advirtió la necesidad de reconfigurar el existente orden mundial debido a un inminente "choque de civilizaciones".

Fue el mismo Huntington que en su libro "Political Order In Changing Society" (1968) anunció que "las diferencias entre la democracia y la dictadura son menores en comparación con las diferencias entre los países cuyas políticas están basadas en el consenso, legitimidad, estabilidad, organización y las naciones a cuyas políticas les faltan estas cualidades". Es decir, ya en los años 1960 Huntington no excluía la posibilidad de transición del mundo occidental hacia una dictadura.

Respecto al choque de civilizaciones, Huntington consideraba que "estamos asistiendo el final de una era de proceso determinado por las ideologías occidentales y estamos entrando en una era en la que las civilizaciones múltiples y diversas interaccionarán, competirán y se acomodarán unas a otras". En este reacomodo vio al Islamismo "como la única civilización que había puesto en peligro la supervivencia del Occidente".

En su percepción la civilización islámica se considera "superior al Occidente" en términos de los valores morales y a la vez por "vía demográfica" en el 2025 el 25 por ciento de la población mundial será musulmana. En estas condiciones, según este profesor de Harvard será inevitable el choque de la civilización occidental con la musulmana y posteriormente con la asiática debido a su creciente potencial económico.

Los estrategas norteamericanos decidieron adelantar este "choque de civilizaciones" en agosto de 1990 atacando a Irak durante siete meses con el consentimiento de las Naciones Unidas (ONU). Posteriormente durante el gobierno de Bill Clinton (1993-2001) varios países del Medio Oriente fueron bombardeados a "discreción", mientras los servicios de inteligencia y en especial la CIA y la DIA (Defense Intelligence Agency) creaban condiciones para una pronta intervención de los Estados Unidos en el Medio Oriente. Por supuesto que a Washington, no sólo le interesaba el establecimiento del control absoluto en la región usando su política de "divide y reina" sino sus abundantes recursos energéticos y los acuíferos (Libia).

Después de unos 10 años de preparación, finalmente "se presentó el pretexto" adecuado — el atentado contra las Torres Gemelas para desatar la "guerra preventiva" contra el Medio Oriente, iniciándose la masacre de Afganistán e Irak, siguiendo después Libia y ahora Siria. Actualmente todo el Medio Oriente está involucrado en un tumulto de la guerra "contra el terrorismo" que fue transformada por la prensa globalizada al servicio incondicional de Washington en un "choque de civilizaciones" para prevenir supuestamente acontecimientos anunciados en 1993 por Samuel Huntington. Hace unos 10 años uno de los más lúcidos historiadores y pensadores norteamericanos, Howard Zinn formuló la pregunta: "¿cómo se puede hacer una guerra contra el terrorismo si la propia guerra es terrorismo?".

 

© REUTERS/ Larry Downing

La CIA recolecta datos sobre las transacciones financieras de los estadounidenses

Por supuesto, casi nadie tomó en cuenta su pregunta porque, en términos de Zinn, el "mayor problema de Estados Unidos es la obediencia civil". Los medios de comunicación globalizados desataron lo que podemos llamar un terrorismo mediático sicológico contra el pueblo norteamericano y de paso proyectándose cada día más hacia la Unión Europea para atemorizar a sus pobladores y hacerlos más desinformados, dóciles e inseguros. Los periodistas que se atrevían a desafiar la guerra mediática de desinformación sufrían sus consecuencias. Es un ejemplo lo que le pasó al ganador de dos Premios Pulitzer, Gary Webb. Este reveló los quehaceres de la CIA en el mundo de la droga en sus artículos y el Libro "Dark Alliance" como resultado todos los medios de comunicación le dieron espalda y el autor terminó "suicidándose" con dos balas en la parte posterior de la cabeza. El carro del periodista de Rolling Stone, Michael Hastings sufrió una explosión que cegó la vida del escritor después de publicar su artículo: "Why Democrats Love to Spy on Americans".

Ambos fueron víctimas de la guerra contra el terrorismo porque el uso de este método por el estado implica inmediatamente la militarización y domesticación de la democracia. La Ley Patriota no tiene mucha diferencia de las leyes de seguridad de estado promulgados por Pinochet, Videla, Stroessner y tantos otros dictadores que ha visto el mundo moderno. Norteamérica ya tomó el curso hacia la instalación paulatina de una dictadura. Lo que le faltaba era arrastrar lentamente hacia el mismo modelo a la vieja Europa, pues la nueva Europa ex socialista aprendió rápidamente la consigna de George W. Bush: "el que no está con nosotros, está contra nosotros", convirtiéndose Polonia, repúblicas bálticas y ahora Ucrania en satélites incondicionales, belicosos y vociferantes del Gran Patrón.

La vieja Europa resistía al comienzo a las presiones de Washington, después empezó a disimular que se oponía, finalmente cedió y se enganchó al mismo carro de la guerra contra el terrorismo. Decía el poeta uruguayo, Juan Gelman: "No olés a viejo Europa. Olés a doble humanidad, la que asesina, la que es asesinada". Francia, la ex cuna de la libertad, la fraternidad, la igualdad junto con Alemania se pusieron de rodillas ante el Gran Patrón olvidándose de su propia dignidad y lo siguieron obedientemente en su cruzada contra el Islam, sin tomar en cuenta que más del 6 por ciento (1,8 millones) de la población francesa son musulmanes, especialmente argelinos. Mientras más caían los países europeos en las garras de Estados Unidos más estaba creciendo la xenofobia a los musulmanes en la Unión Europea.

 

© AP Photo/ Thibault Camus

Francia, blanco del terror islamista

La izquierda y la derecha se confundieron prácticamente en un abrazo xenofóbico frente a la indiferencia de la población que cada vez se volvía más alineada con la guerra contra el terrorismo, especialmente en esta época de crisis económica. Los gobernantes llegaron a tal nivel de sometimiento que hasta sacrificaron los intereses nacionales de sus países, adoptando por ejemplo, las sanciones contra Rusia, que ocasionaron a la Unión Europea una pérdida de más de un billón de euros (millón de millones). Cada vez, cuando alguno de los líderes europeos se atrevía a sugerir terminar las sanciones contra Moscú, recibía amonestaciones del Gran Patrón.

Muchos analistas consideran sospechoso que el atentado terrorista contra la revista Charlie Ebdo se haya producido dos día después de la declaración del presidente de Francia Francois Hollande en la Radio France Inter (5 de enero) donde decía que habría que terminar las sanciones contra Moscú porque están afectando los intereses de Europa. También terminado el estupor que produjo la masacre de Paris empezaron a aparecer vestigios que comienzan a despertar sospechas sobre los autores del atentado. Sus ejecutores mostraron un nivel de profesionalismo de comandos militares, actuando fríamente, siguiendo un esquema trazado con el conocimiento del lugar y posiblemente disponiendo de la información del interior del recinto, la hora de la reunión de la redacción y la ubicación de sus miembros.

Es dudoso que teniendo este nivel de preparación alguien del equipo hubiera dejado en el asiento del chofer sus documentos de identidad que llevaron a la muerte a los hermanos Chérif y Said Kouachi. Resulta que los dos estaban en la lista de los servicios de inteligencia francesa como colaboradores y también eran conocidos por la CIA. 

 

© AP Photo/ Francois Mori

Atentado en París confirma la necesidad de la lucha conjunta contra el terrorismo

Los videos que se difundieron a nivel mundial donde el carro en que se escaparon los terroristas tenía dos espejos laterales del color blanco, mientras los del carro capturado mostrado por la policía eran negros. También se ve que el policía que cayó y contra el cual disparó uno de los comandos no presentó ni una mancha de sangre en su cabeza o cuerpo. Finalmente, el comisario de la policía, Helric Fredou, un profesional de alto nivel que estaba a cargo de la investigación del atentado, inesperadamente murió suicidándose mientras escribía el informe final. Sus colegas rechazan las versiones de estress o enfermedad. Lo curioso que este incidente no fue cubierto por DPA, AFP, AP, Reuters etc.

El semanario satírico Charlie Ebdo, cuya idea inicial en sus primeros años en los 1990 era luchar contra el fascismo y como declaró alguna vez uno de sus fallecidos dibujantes, Charb: "ninguno de nosotros se atrevía a defender la derecha, a la que combatimos a fondo". Sin embargo, el ambiente xenofóbico creado por la guerra globalizada mediática poco a poco influyó en las caricaturas que creaban Charb, Cabu, Wolinski y Tignous. A pesar de sus declaraciones que no querían ofender a los musulmanes y simplemente trataban que "el Islamismo sea tan banal como el Catolicismo". La realidad era algo diferente, pues mostrar al Profeta Mahoma en forma de un chancho volador disparando una Kalashnikov o presentando a Dios sodomizando a Jesús es realmente de mal gusto, ofensivo y ligado a la xenofobia y homofobia.

Sin embargo, el atentado contra esta publicación con raíces izquierdistas hizo unificar en Francia y el resto de Europa a toda la derecha recalcitrante cercana al fascismo con el pretexto de hacer frente unido contra al Islamismo en actual choque de civilizaciones. El caricaturista de la revista Bernard Holtrop, con el seudónimo Willem, declaró hace dos días que "los nuevos amigos de Charlie Hebdo me hacen vomitar. Nos hacen vomitar todas estas personas que de repente dicen que son nuestros amigos y encabezan la manifestación en Paris".

Uno de los más poderosos "nuevos" amigos", enviado de EEUU que asistió a la manifestación, el secretario de Justicia, Erik Holder, ya anunció una cumbre internacional de seguridad para el próximo 18 de febrero para unificar los servicios de inteligencia y no sería extraño para lanzar la idea de la necesidad de crear una Ley Patriota para la Unión Europea.

Dijo alguna vez el escritor uruguayo Eduardo Galeano que "para justificarse, el terrorismo de Estado fabrica terroristas, siembra odio y cosecha coartadas".

 

domingo, 18 de enero de 2015

Je suis Pepone y Rodolfo y Regina

 Por Ariel Dorfman *

Desde la distancia de América latina, el asalto terrorista a Charlie Hebdo se siente aterradoramente cercano, se siente tristemente familiar.

No hace mucho, acá en Santiago de Chile, no lejos de la casa en que vivo parte del año con mi mujer, Angélica, periodistas y escritores que se atrevían a enfrentar al régimen del general Pinochet fueron sistemáticamente asesinados, sufriendo, muchos de ellos, torturas antes de que los mataran. Entre tantos, recuerdo especialmente a José Carrasco (lo llamábamos Pepone), quien fuera alumno mío en la universidad, luego amigo y compañero de revolución y exilio y, ya de vuelta en Chile, redactor de Análisis, una revista semiclandestina que publicaba frecuentemente artículos satíricos, semejantes a algunos que se suelen leer en Charlie Hebdo. La policía secreta vino por Pepone justo antes del amanecer del 8 de septiembre de 1986. Le advirtieron que no se molestara en ponerse los zapatos. No iban a hacerle falta, dijeron. Unas horas más tarde apareció su cadáver acribillado a balazos.

Otro mártir de tantos que, sí, efectivamente en forma aterradora y familiar pueblan América latina. Al otro lado de los Andes, en la vecina Argentina, centenares de autores, intelectuales y trabajadores de los medios fueron detenidos por escuadrones de la muerte, desapareciendo para siempre. Ante la necesidad de singularizar aquella tragedia en una persona, me quedo con el nombre de Rodolfo Walsh. El 5 de marzo de 1977, Walsh, uno de los grandes escritores argentinos, fundador del periodismo testimonial del continente, fue emboscado y secuestrado por un comando militar. Justo el día anterior le había enviado a la Junta que malgobernaba su país, una Carta Abierta, provocadora, insultante, mordaz, denunciando no sólo los abusos a los derechos humanos sino también la política económica neoliberal que hambreaba a su pueblo. Su cuerpo hasta hoy sigue desaparecido. Aquella Carta Abierta recuerda el tono audaz e irreverente que se encuentra en las páginas de Charlie Hebdo.

Tanto Chile como Argentina, por cierto, como muchos otros países latinoamericanos que aguantaron despiadadas dictaduras –Uruguay, Paraguay, Perú, Brasil, Bolivia, Haití, El Salvador– son ahora democracias donde los trabajadores de la prensa pueden llevar a cabo sus labores sin temer, por lo general, el golpe en la puerta, el cuchillo en la garganta, la zanja a la medianoche.

Y, sin embargo, durante la última década una lenta masacre de periodistas ha venido asolando, infectando, corrompiendo Latinoamérica, un asedio casi invisible contra la libertad de información. No se trata de incidentes tan espectaculares ni dramáticos como el de Charlie Hebdo, ni se inserta en el contexto de los conflictos suscitados por una pequeña minoría de fanáticos islámicos, pero estamos presenciando, de todas maneras, una agresión incesante y desmedida y metódica. Los casos más pavorosos se concentran en Honduras, Guatemala y México. Tomemos el mes de agosto del 2013: tres periodistas guatemaltecos fueron muertos a tiros, incluyendo a Luis de Jesús Lima, una prominente personalidad de la radio que discutía en sus programas asuntos controversiales. Y México: entre las decenas de trabajadores de la prensa recientemente ultimados, se presenta la figura señera de Regina Martínez, corresponsal en Veracruz de la Revista Proceso. Una pandilla entró a su casa, la golpeó brutalmente para enseguida estrangularla. Qué coincidencia: ella había estado investigando los lazos entre los narcos y los políticos de Veracruz. Y Honduras, el lugar más peligroso del mundo para ejercer la profesión de periodista. El 9 de marzo del 2012, Alfredo Villatoro, que tenía un programa radial de gran sintonía, fue secuestrado en Tegucigalpa. Seis días más tarde su cuerpo apareció con una bala en la cabeza. Estaba vestido con ropa militar, su cara cubierta con un siniestro pañuelo rojo. Las amenazas de muerte que había recibido desde hace meses finalmente se volvieron realidad.

El mundo, básicamente, ha ignorado estos atentados.

Tiendo, para decir la verdad, a desconfiar de la frase que corrientemente se usa para expresar nuestra identificación con los perseguidos: “I am Salman Rushdie”, “Je suis Charlie”, “Todos somos Ayotzinapa”, si bien muchas veces firmo denuncias que ostentan palabras similares. Claramente hay algo conmovedor en el hecho de sentirse uno parte de millones que, desde todos los continentes, demuestran su solidaridad con las víctimas del terror. Pero tal reacción lingüística suele ser un tantico fácil y cómoda. No somos, todos nosotros, Charlie. No estuvimos de veras a su lado cuando arribaron los homicidas ni los vamos a proteger con nuestros cuerpos. Y muchos de aquellos que recitan esas palabras, je suis, je suis, especialmente si son autoridades del gobierno o miembros de las fuerzas de seguridad, no exhibieron ayer la tolerancia que proclaman hoy con tanto fervor. Aun así, importa, sin duda, que quienes no enfrentan ningún peligro inmediato hagan saber al mundo –y especialmente a aquellos que pretenden volver a asesinar mañana– que no vamos a dejarnos amedrentar ni permitir que el miedo y el silencio ejerzan su dominio letal.

Y tal vez, después de todo, el grito de “Je suis Charlie” se justifica en este caso debido a que el ataque a esa revista satírica parisina fue particularmente salvaje y masivo y, por cierto, institucional. Se quiso mandar un mensaje a toda la sociedad y tiene sentido, por lo tanto, que toda la sociedad, la francesa y más allá de sus fronteras, afirme en forma pública y colectiva nuestro dolor y nuestro coraje.

No obstante lo cual, visto desde Santiago de Chile, desde la perspectiva de una América latina donde los colegas mexicanos y guatemaltecos y hondureños de Charlie Hebdo mueren a mansalva en este mismo momento sin que nadie se fije, es urgente preguntarse por qué las calles de nuestro desafortunado planeta no se llenan de cientos de miles de ciudadanos que declaran “Je suis Alfredo Villatoro, Je suis Regina Martínez, Je suis Luis de Jesús Luna”. ¿Por qué tan pocos pensaron siquiera en gritar “Je suis Rodolfo Walsh”? ¿Por qué millones no advirtieron que ellos eran José Carrasco, Je suis Pepone?

Palabras como éstas no habrán de detener, probablemente, horrores futuros. Parecen inevitables en un mundo enloquecido por el fanatismo y el odio. Pero por lo menos aquellos que casi anónimamente, en rincones remotos del mundo, lejos de los Champs Elysées y las luces fulgurantes de los medios, continúan levantando la voz contra la estupidez y la opresión, podrán sentirse quizás un poco menos solos.

* El último libro de Ariel Dorfman es Entre sueños y traidores: Un striptease del exilio.

 

"Sólo pedimos que se nos considere franceses"

 LOS JOVENES DE LOS SUBURBIOS MUSULMANES DE PARIS, BLANCO DE RETRATOS ABUSIVOS Y DESACERTADOS

“La discriminación no nos volvió inhumanos”, asegura Mourad, un joven del barrio de Amedy Coulibaly. No fue a la manifestación. Su rechazo a la violencia es proporcional a la ofensa que siente ante las caricaturas del semanario.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

La frase, ya borrosa, “Yo no soy Charlie”, pintada sobre una pared de Grigny traza el territorio de la fractura social. “Aquí estamos aterrados, llenos de tristeza, solidarios con las víctimas del atentado contra Charlie Hebdo pero en total desacuerdo con las caricaturas y más aún con ciertas falsedades que se escriben en la prensa”, dice Mustafá, un joven habitante de esta zona suburbana de París que se ha convertido en el blanco de retratos abusivos y desacertados publicados en la prensa porque aquí, en el barrio de la Grande Borne, junto a sus padres oriundos de Mali y sus nueve hermanas, creció Amedy Coulibaly, el cómplice de los hermanos Kouachi que asesinó a cuatro personas en un supermercado judío del este de París y a una mujer de la Policía Municipal. Entre ser Charlie y no serlo, dos mundos en cuyos intersticios caben un montón de fantasmas. Hastiados de las mentiras y las aproximaciones, unos 30 jóvenes de estos barrios, donde muchos crecieron en las mismas condiciones que los hermanos Kouachi o Amedy Coulibaly, publicaron un video en YouTube donde se defienden. Agrupados en la asociación Jóvenes Reporteros ciudadanos de Grigny, los jóvenes explican: “Rehusamos la amalgama que dice: ‘jóvenes, negros, árabes, musulmanes igual a terroristas, a antisemitas, a delincuentes incultos, a antirrepublicanos y antifranceses’”. El video abarca todo el abanico con el cual, a menudo, estos jóvenes son vistos por una parte de la sociedad: “Terroristas en potencia”, “franceses de segunda categoría”, “malas hierbas”, “vagos”. La Francia multicultural tiene un rostro muy distinto de la imagen escabrosa que los atentados del 7 de enero pudieron insinuar. Es una Francia bella, joven, musical, potente y marginada. En uno de sus editoriales, el matutino Libération escribe: “Si no lo habíamos entendido hasta ahora, está claro que en adelante una buena cantidad de franceses, a menudo en los suburbios, está en disidencia moral y social en su propio país”.

Esa disidencia se siente en la piel, sobre todo ahora que decenas de periodistas venidos del mundo entero aterrizaron aquí y “nos trataron como si fuéramos un zoológico”, asegura, molesto y desconfiado, un maliense de la Grande Borne. Los vecinos están horrorizados, sean o no sean Charlie. “La discriminación no nos volvió inhumanos”, asegura Mourad, un joven del barrio de Amedy Coulibaly. Como muchos otros habitantes de este barrio, Mourad no fue a la gran manifestación del domingo 11 de enero. No es lo que se puede decir un “Yo no soy Charlie”. Su rechazo a la violencia es proporcional a la ofensa que siente ante las caricaturas del semanario. “El profeta es sagrado, ese humor no entra en los valores de los musulmanes. Hubiese ido a manifestar, pero siendo solidario con las víctimas habría sido también, de alguna manera, como una forma de aprobar el sentido de esas caricaturas. No podía.” Las palabras se mueven aquí en un delgado pasadizo de sentidos. Ser francés y no ser tratado como tal. Ser musulmán en una de las grandes culturas de Occidente. Grigny está en el departamento de L’Essone, el número 91. En los departamentos contiguos, 92 –Hauts-de-Seine–, 93 –Seine-Saint-Denis–, o 94 –Val-de Marne– durante los días posteriores a los atentados y al de la manifestación se vivieron escenas similares. La gente se juntaba en los barrios sin sumarse al gran movimiento de unión nacional. La discriminación deja huellas profundas que poco tienen que ver con los principios religiosos. “De nada sirve que Mammadou o Abdallá tengan un bachillerato y cinco años de estudios universitarios si después no pueden encontrar trabajo porque tienen un nombre árabe”, explica Nordine Iznasni, consejero municipal de la localidad de Nanterre (departamento Hauts-de-Seine) y figura histórica de las marchas por la igualdad de los años ’80. Mohamed Mechmach, copresidente de la coordinadora Pas Sans Nous (No sin nosotros) es también un emblema de la lucha por la igualdad en los barrios populares. “Sólo pedimos una cosa: que se nos considere plenamente como franceses, y no como franceses aparte”, exige. Su lectura de los atentados es amplia, dolorosa, entre la lucidez, el temor y la esperanza. “Al matar a Charlie Hebdo también nos mataron a nosotros”, explica. Se trata, ahora, de salir de la trampa que los hermanos Kouachi y Amedy Coulibaly le tendieron a todo el mundo. Como arenas movedizas, como esas miradas esquivas de Grigny y ese temor a hablar sin sentirse desigual. “Uno puede llamarse Pierre, Mohamed o Daniel, los habitantes de los barrios populares son las primeras víctimas de lo que ocurrió. Llamarse Mohamed y vivir en un suburbio era complicado, ahora lo va a ser todavía más. Pero los suburbios no son un depósito de culpables, son lugares de solidaridad con las familias de las víctimas. Los suburbios son una parte de la solución. Nos hace falta un debate de fondo para restaurar la justicia social”, asegura Mohamed Mechmach.

Esa pulsión colectiva, ese deseo de volver a empezar de nuevo, esa sensación de que de este drama que sobrecogió al mundo algo nuevo va a salir, se incrustó en el clima como una canción de cuna. La prensa de este fin de semana testimonia ese clamor, a menudo con títulos que se repiten. “Siete días que cambiaron a Francia”, escribe el diario Le Monde en su primera plana. “Los 5 días que nos cambiaron”, anota Le Parisien mientras que Libération titula: “A los actos ciudadanos”. Bajo este titular, el matutino francés ofrece a sus lectores “5 pistas para una renovación republicana”. El mismo presidente francés, François Hollande, llama al país a “un sobresalto nacional”. Son, por ahora, tiempos de refundación, de solidaridad, de recuperación de ese espacio imaginario y colectivo de identificación. Pero también están los excluidos y las consecuencias sociales, culturales y económicas de la exclusión. Hay dos países en uno y la reconexión es un trabajo mutuo. Nordine Iznasni es consciente de que ese clima de desconfianza entre los excluidos no desaparecerá con una gran manifestación: “La tentación del repliegue sobre sí mismo es fuerte, tanto más cuanto que mucha gente se siente rechazada y lleva cierto tiempo escuchando insultos contra los musulmanes. El entorno se vuelve un enemigo y así nace la cultura de encerrarse en sí mismo”. De esa exclusión se nutre la Jihad. En esos barrios desconectados y al desamparo deambulan los promotores de la guerra. Aunque se reivindican de movimientos jihadistas adversos, Al Qaida en la Península Arábiga (AQPA) para los hermanos Kouachi y el Estado Islámico para Amedy Coulibaly, sus trayectorias son idénticas, guiadas por las mismas fracturas sociales que caracterizan lo que la prensa llama “la Jihad francesa”: la pobreza, la dificultosa integración escolar, las trabas para acceder al mercado del trabajo, la pequeña delincuencia, la cárcel, la deriva social y una voz oportunista, la de cierto Islam sunnita, que captó su atención en un punto de ruptura del destino. Una palabra siempre vuelve como una piedra filosofal para explicar el fenómeno: la integración. El sociólogo y politólogo Tarik Yildiz, especialista de la integración social y el Islam, destaca que esos “jóvenes radicalizados son la cima más visible de la crisis de integración”. Frente a ellos, también, otra cima: el repetido espectáculo de las injusticias coloniales modernas: la guerra de Irak, el conflicto israelí-palestino, la guerra en Siria, la cruzada mundial contra el Islam que los neoconservadores norteamericanos incrustaron en la agenda política y que tarda en diluirse. “Somos una identidad castigada por las bombas de Occidente y en perpetua relegación”, dice, de forma provocativa, Ahmed, un joven de 19 años de uno de los suburbios con peor fama de Francia: la Cité des 4000, en la localidad de la Courneuve (Seine-Saint-Denis). Gilles Kepel, el gran especialista francés del Islam, ahonda esa idea según la cual la fractura social es el mejor territorio de los radicales: “Cuando se produce una ruptura con los valores de la República francesa ahí hay un terreno muy fértil para el Islam radical”. La “ruptura” no es solamente con los valores, sino, también, con los medios. “Mire a su alrededor, cruce el boulevard periférico que divide París de las afueras, dé una vuelta por esas grandes ciudades dormitorio construidas en los años ’60, ’70 y todo se explica más rápido”, dicen los Jóvenes Reporteros ciudadanos de Grigny. Se explica en una sucesión de imágenes contrastadas: esta no es la Francia de París, sino una orbe distinta dentro de otra. El Estado ha activado medios para desactivar esa tentación salafista que se difunde en ciertos barrios populares. La Maison de la Prévention et de la Famille tiene una brigada especial compuesta por juristas, psicólogos, educadores, criminólogos y victiminólogos que atiende a los jóvenes seducidos por la Jihad. La tarea es polifónica, de una complejidad social inmensa. Exclusión, redes sociales, cárceles superpobladas, cultura tradicional y modernidad, dos religiones diferentes, guerras y fracturas que se prolongan, que se vuelven zonas de existencia complicada, los atentados perpetrados por los hermanos Kouachi y Amedy Coulibaly desmontaron con el horror un escenario fallido. La sabiduría colectiva y los valores de una República se superpusieron por ahora a los enconos comunitarios. Parieron un eco, un eco que circula en estos suburbios y se mezcla con insistencia a la defensa de la libertad: “¿Cuánto durará esa conciencia de que hay que volver a empezarlo todo de nuevo? ¿Cuánto tiempo más estará presente y adónde nos llevará? Para Moussa Boudour, un educador social de Mantes-la-Jolie que usa el deporte como “objeto de diálogo, inserción y transición”, una vez que pase la gran emoción sólo una deuda quedará pendiente: “En realidad, ser Charlie o no ser Charlie es, a esta altura, anecdótico. Lo único que cuenta es cómo vamos a ser franceses, todos por igual”.

efebbro@pagina12.com.ar

 

sábado, 17 de enero de 2015

Contra el prejuicio, el odio y la ignorancia

 Por Ricardo Forster

“El primer gran foco de cultura de la Edad Media occidental es Toledo. La historia se repite: en el siglo XII, lo que Toledo fue para el mundo cristiano, lo fue Bagdad para el mundo musulmán (...). Es suficiente recordar que es Toledo donde Avicena fue traducido al latín, esto es, por un pequeño grupo compuesto, como mínimo, por Ibn Daud, judío arabófogo, que aseguraba la traducción del árabe al castellano; y Domingo Gundisalvo, cristiano, que aseguraba la traducción del castellano al latín (...). En realidad, si en el siglo XIII hubo una filosofía y una teología llamadas ‘escolásticas’, es ante todo porque Avicena fue leído y explotado desde finales del siglo XII. Es Avicena, no Aristóteles, quien inició a Occidente en la filosofía.” Alain de Libera, Pensar la Edad Media.

Me pareció oportuno comenzar estas reflexiones sobre la tragedia de Charlie Hebdo, con la que tantas páginas e imágenes se han multiplicado a lo largo de los últimos días y a través de todas las geografías del planeta, citando al filósofo francés y eminente especialista en pensamiento medieval, Alain de Libera. Con erudición y elegancia conceptual destruye un acendrado y persistente prejuicio que supone que la tradición occidental se continuó ininterrumpidamente desde Grecia y Roma, atravesando la Edad Media, para llegar a nosotros pura de toda influencia, en especial la que provendría del Oriente islámico. No hay, desde esta concepción autoctonista y antimusulmana, contaminación en la línea que va de Aristóteles a Santo Tomás o en la que va de Platón a Marcilio Ficino.

Bajo la estructura de la autorreferencialidad cultural (punto de partida del esencialismo nacionalista), Europa quiso, desde que buscó limpiar su genealogía, desprenderse de esa verdad que cualquier erudito medieval sabía sin siquiera tener que investigarlo: que el pensamiento filosófico, que las grandes tradiciones que alimentaron a la escolástica cristiana, tenían una estación ineludible en los filósofos y pensadores de origen árabe, persa y musulmán. Que sin Avicena y Averroes, sin Farabi e Ibn Sina, sin Ghazali e Ibn Rusd, y –claro– sin la enorme influencia sobre el filósofo judío Maimónides de la tradición árabe, seguramente Santo Tomás de Aquino –que leyó a Aristóteles a través de musulmanes y judíos, y que se detuvo particularmente en la Guía de los perplejos del rabino cordobés– nunca hubiera podido escribir su Suma Teológica. Extraordinaria genealogía que hace añicos cualquier intento por borrar las huellas de las influencias y, sobre todo, demuestra la estupidez de los ontologismos nacionalistas que buscan encontrar la esencia incontaminada de su verdadera lengua cultural.

Un viaje cultural que atravesó siglos y continentes para desmentir el relato de una Europa sólo deudora de sí misma; eje alrededor del cual se desplegó la civilización científico-técnica y cuna de los ideales filosóficos y políticos fundados en una racionalidad exclusivamente afincada en su territorio. Lo que nos señala con énfasis Alain de Libera es precisamente la potencia de los intercambios culturales, lingüísticos, religiosos y filosóficos que fueron preñando el complejo camino de la propia Europa, un continente que prefiere escribir la historia del mundo desde una particularidad, la suya, convertida en universalidad y, para ello, borra las huellas de sus propias deudas. En ese gesto omniabarcativo lo que es destituido es aquello que marca la diferencia en el interior de la supuesta univocidad. Las herencias nacidas y provenientes del Islam, aquellas que también a su vez recibieron las influencias de los griegos de la época clásica, están en la base de la reapropiación europea de su “olvidada” tradición filosófica.

Sin ese camino laberíntico que se inició en la lejana Persia allá por el siglo IX, que continuó por la península arábiga y se materializó en la gran Siria de los siglos XI y XII, y que ingresaría a Europa por diversas vías; atravesando las llanuras búlgaras; siguiendo las huellas de innumerables caravanas capaces no sólo de llevar mercancías de Oriente a Occidente sino también ideas, herejías y libros; cruzando el Mediterráneo desde el norte del Africa musulmana hasta llegar a la España de las tres culturas, un territorio de las mezclas y los intercambios que, como ya vimos, permitió que en una ciudad como Toledo traductores judíos de lengua árabe y cristianos que dominaban el latín le devolvieran a la cristiandad occidental un tesoro rescatado desde Oriente y, claro, profundamente contaminado por la civilización mahometana. Una genealogía vergonzante para una Europa que no podía aceptar que fueran los árabes y persas, además de los judíos, los responsables de reconstruir los puentes con el pensamiento antiguo. Extraña filiación a los ojos de quienes, en otro tramo de su historia, no dudaron en ejercer una violencia homicida sobre los que se encargaron de proteger de la oscuridad de la Alta Edad Media aquellos legados filosóficos y científicos. Al pueblo de Maimónides casi lo exterminaron en los campos de la muerte forjados por el régimen nazi; y a los descendientes de Avicena y Averroes los sometieron al dominio colonial.

Un breve paréntesis para pensar, nuevamente y con un relato más detallado, el absurdo de la autoctonía nacionalista y de las tradiciones que se cierran sobre sí mismas, tratando de expulsar la memoria de las herencias, las influencias y las contaminaciones. Maimónides, como señalé líneas arriba, nació y vivió parte de su vida en Córdoba, la ciudad de Averroes, ese gran filósofo árabe que intentó ir más allá, de la mano de su lectura herética de Aristóteles, de las religiones abrahámicas. Al que probablemente conoció al escucharlo en la famosa biblioteca de Córdoba, siendo apenas un niño casi adolescente, y cuyo pensamiento dejó algunas huellas en sus reflexiones filosóficas. Es también factible que quizás hayan compartido el Jardín de los Naranjos de la biblioteca que, según cuenta la tradición, llegó a tener más volúmenes que la famosa Biblioteca de Alejandría, compartiendo el mismo trágico destino: la de ser quemada junto con todos sus incontables libros y papiros, esos que guardaban las más diversas tradiciones de Oriente y de Occidente, capaces de unir Bizancio, Bagdad e Islamabad con la península ibérica para luego alcanzar, cruzando los Pirineos, Francia y, más lejos, las tierras germanas.

La lectura que Maimónides hizo de la tradición filosófica, particularmente de la tradición aristotélica, estuvo absolutamente impregnada por los grandes reintroductores de los griegos y sobre todo del aristotelismo en la tradición de Occidente que fueron los árabes. Por un lado, la tradición persa de la escuela de Avicena, y por el otro la de la escuela averroísta. Maimónides escribió su obra filosófica –por ejemplo, la fundamental Guía de perplejos– en árabe. Por supuesto, también escribió sus obras de interpretación de la Mishná y del Talmud en hebreo. Y a su vez, obviamente, podía utilizar sin inconvenientes el castellano. Es deudor de gran parte del trabajo de los traductores que se realizó sistemáticamente, como señalaba Alain de Libera, en esos siglos en Toledo; traducciones en las que trabajaron judíos y cristianos llevando el árabe, pasando por el castellano, al latín, y construyendo los puentes indispensables para la recuperación de la tradición griega por el mundo cristiano-latino.

Se conoce que Santo Tomás de Aquino no sabía griego, y que leyó a Aristóteles a través de transcripciones hechas por traductores árabes, judíos y cristianos españoles, y que a través de la Guía de perplejos de Maimónides, profundamente influenciado por ella, construyó su propia visión de Aristóteles. Con lo que uno podría decir que la Suma Teológica, fundamento de la teología de la escolástica cristiana, fundamento arquitectónico clave de la visión católica del mundo, se sustenta en un árabe herético que ni siquiera creía en Alá –como era Averroes– y en un judío que leyó a Aristóteles a través de Averroes y Avicena, que escribió en árabe y que sin embargo fue un fiel seguidor del Talmud. Y así volvió a Occidente el núcleo de la tradición griega; así volvió Hipócrates, corazón de la tradición médica: árabes y judíos fueron sus custodios y difusores. Médicos persas y médicos judíos fueron la esencia de la tradición médica que retornó a Occidente. Y así regresó gran parte de la tradición filosófica helenística en el enclave renacentista italiano que se abriría apenas iniciada la decadencia de la Edad Media a través de la escuela de traductores de Toledo que cumplieron un papel fundamental como puentes entre dos mundos, impregnando a ambos con su propia visión filosófica y cultural.

Esto muestra la mediocridad, la estupidez enorme, de “civilización o barbarie”, del “choque de civilizaciones”, o de un mundo que guarda y posee la cultura y el otro que es el lugar de la barbarie. Para cualquiera que haya tenido la oportunidad de estar en Córdoba, hay una imagen muy impresionante: uno entra a la Mezquita de las Mil Columnas, que es una obra maravillosa, y en medio de la mezquita está la catedral. Construyeron la catedral en el medio de la mezquita, y hubo una rebelión del pueblo de Córdoba, porque la idea era derruir la mezquita. Y el pueblo de Córdoba, el pueblo cristiano de Córdoba –estamos hablando del siglo XVI– se rebeló contra la decisión de destruir la mezquita, porque sabía que era una obra única y emblemática. Y cualquiera que haya tenido la oportunidad de pasarse un rato inolvidable en la Alhambra, sabe que los bárbaros eran otros.

Un largo camino histórico, un desvío por el tiempo, para escapar del más brutal de los reduccionismos, que intenta convertir la cultura musulmana en una cultura de bárbaros, mientras que hace de Europa la cuna de toda civilización posible. Un prejuicio montado, a su vez, sobre la expansión imperial de esa misma Europa que supo, a sangre y fuego, llevar “su cultura” a ese otro mundo considerado como tierra de idólatras. Revisar los legados y las confluencias, hurgar en los tesoros de un pasado que nos ofrece otra realidad muy distinta de la que los vencedores nos han contado, significa romper los prejuicios y aprender a mirar de otro modo la compleja urdimbre de nuestras sociedades y de nuestras concepciones religiosas y filosóficas. Y también hoy, cuando la ceguera y el prejuicio se despliegan en el interior de la ignorancia, se vuelve decisivo refundar la tradición de un humanismo silenciado y desguarnecido.

Y este intento por reivindicar la memoria de los desplazados y de los olvidados, por reconstruir las rutas de las culturas y sus intercambios, no busca exculpar el horrendo crimen cometido contra los miembros de la revista Charlie Hebdo. Apenas si constituye un intento por romper el cerco del prejuicio y de la islamofobia que parece desplegarse en una Europa aterrorizada ante la barbarie terrorista. Una barbarie, me apresuro a escribir, que nada tiene que ver con esa enorme tradición cultural a la que intenté hacer presente a lo largo de un artículo que nació de la necesidad de romper el cerco de violencia y odio que amenaza con hacer cada día más invivible nuestro tiempo histórico. No son los centenares y centenares de millones de musulmanes de todo el mundo los asesinos de periodistas y dibujantes, ellos también son las víctimas del integrismo fanático amparado por los dueños árabes de las riquezas petroleras y socios de Estados Unidos, y de una sociedad, la europea occidental, que no ha sabido o no ha querido romper las barreras de la desigualdad y el prejuicio. El mejor homenaje que les podemos rendir a las víctimas de Charlie Hebdo y de tantos otros asesinados por el odio y la injusticia, por la ceguera del fanatismo y por la avidez desenfrenada del capital, es sostener, hoy más que nunca, su mirada desprejuiciada y capaz de ejercer el más puro espíritu libertario.

 

viernes, 16 de enero de 2015

Urge desarmar la retórica contra el Islam

 

 

MUNDO ARABE.ORG 07/09/2011 - Análisis de Julio Godoy - IPS

 

Los gobiernos conservadores y los partidos de centroderecha de Europa criticaron el multiculturalismo y denigraron a los inmigrantes musulmanes mucho antes de que el extremista noruego Anders Behring Breivik utilizara esos mismos argumentos para perpetrar una matanza en la isla de Utoya y en Oslo.

 

 

 

Semanas después del episodio de Noruega, numerosos expertos instan a los gobiernos y partidos a "desarmar su retórica contra el Islam", señaló Armin Laschet, exministro de Integración del estado alemán de Renania del Norte-Westfalia.

"Es posible criticar algunas prácticas islámicas y los fracasos en la integración de los musulmanes a las sociedad europeas", dijo a IPS.

Pero no "se puede acusar a un musulmán que profesa su fe, observa el ritual del Ramadán, educa a sus hijos respetando a Dios y lleva una vida civil ejemplar en nuestro país de las acciones extremistas de regímenes como el de Arabia Saudita", añadió.

Es una distinción obligada en el debate sobre la integración de musulmanes en las sociedades europeas, sostuvo Laschet.

Hay numerosos ejemplos de musulmanes que llevan una vida perfecta en Europa y que los problemas de integración se relacionan con una marginación social, económica y educativa, observó.

"Hay muchos médicos e ingenieros musulmanes iraníes en Europa que son buenos ciudadanos", remarcó. "Pero si llegan a Berlín analfabetos de zonas rurales pobres, como de Turquía, es obvio que tendrán enormes dificultades para adaptarse a las costumbres de una sociedad industrial moderna", añadió.

"La forma en que los europeos extremistas contrarios al Islam denigran a los musulmanes es muy parecida a la empleada por los fascistas y partidos de derecha contra los judíos en los años 30", observó Erna Solberg, líder del partido conservador de Noruega.

Declaraciones como esa son importantes en un contexto de repetidas diatribas contra la inmigración musulmana y el Islam de dirigentes políticos conservadores y jefes de gobierno.

Interpretaciones como la realizada por el conservador primer ministro británico en febrero son típicas de las críticas contra los musulmanes.

David Cameron acusó a la llamada "doctrina del estado multicultural" de haber hecho que "diferentes culturas llevaran vidas separadas" en Europa. "Las comunidades segregadas se comportan de forma totalmente distinta a nuestros valores", apuntó.

El primer ministro británico se refirió de forma explícita a los inmigrantes musulmanes al señalar que una amenaza terrorista había emergido en Europa, "una abrumadora mayoría de hombres jóvenes afiliados a una interpretación totalmente perversa del Islam y dispuestos a inmolarse y matar a otros ciudadanos".

"El estado multicultural" es la raíz de la radicalización y el terrorismo, remarcó Cameron en la Conferencia de Seguridad de Munich de este año.

"Conforme se conocen los antecedentes de condenados por terrorismo es claro que muchos de ellos se vieron influidos por lo que algunos llamaron ‘extremismo no violento’ y llevaron las ideas radicales a otro nivel volcándose a la violencia", explicó.

El discurso de Cameron coincidió con el día en que los neofascistas de la Liga Inglesa de Defensa (EDL, por sus siglas en inglés) organizaron una manifestación en Londres contra la sociedad multicultural y multiétnica.

Dirigentes del Partido Laborista acusaron a Cameron de "escribir la propaganda para el EDL".

La canciller (jefa de gobierno) de Alemania, Angela Merkel, describió en octubre el modelo de sociedad multiétnica y multicultural que emergió en Europa en los años 60 como un "fracaso total".

La Unión Demócrata Cristiana, el partido de Merkel, rechazó durante décadas el hecho de que Alemania era una sociedad multiétnica. El partido lanzó en 2000 una campaña para hacer un referendo para frenar la nacionalización de los hijos de inmigrantes nacidos en Alemania.

En este país, la ciudadanía se determina por el "Ius sanguinis", o el derecho a la sangre, y no el "Ius soli", o derecho al suelo.

El comentario de Merkel se enmarcó en el debate que siguió a la publicación del controvertido libro "Deutschland schafft sich ab" ("Alemania se suprime a sí misma", del ex director del banco central, Thilo Sarrazin.

El autor, integrante del Partido Socialdemócrata, acusa a los musulmanes y al Islam de ser demasiado demandantes y de no poder integrarse a la sociedad alemana.

"Ninguna otra religión en Europa hace tantas demandas", señaló Sarrazin refiriéndose al Islam. "Tampoco hay otra comunidad inmigrante con tantos reclamos al estado de bienestar. En ninguna otra el pasaje a la violencia, la dictadura y el terrorismo es tan fluido", apuntó.

Sarrazin llegó, incluso, a sostener que la raza determina la inteligencia.

Algo similar ocurrió en Francia con los conservadores. El presidente Nicolas Sarkozy llamó "escoria" a los inmigrantes de las afueras de París y dijo que los iba a pasar por "una Kaercher", limpiadora industrial de alta presión.

El Partido de la Libertad (FPÖ) de Austria, casi siempre hizo campaña contra la inmigración, a veces empleando eslóganes racistas. Este año, el lema es "Daheim Statt Islam", ("en casa, no en el Islam).

El FPÖ tiene entre 24 y 29 por ciento de simpatizantes entre los entrevistados para la última encuesta. El mismo estudio muestra que concentra el interés de más de 40 por ciento de los menores de 30 años.

El destacado periodista Hans Leyendecker, apeló al público a "no caer en la trampa propagandística" de los movimientos que se oponen al Islam en Europa.

"Los encendidos debates sobre los riesgos del terrorismo islámico ignoran casi siempre un hecho básico, que la mayoría de los atentados ocurren en países islámicos, como Afganistán, Pakistán y Somalia, y que las principales víctimas son los propios musulmanes", escribió Leyendecker en una columna publicada por el diario Die Sueddeutsche Zeitung’.

"En 2010 hubo 250 atentados terroristas en Europa. Solo uno de cada tres fue perpetrado por islámicos", añadió.

Berhring Breivik trató de justificar sus acciones con los mismos argumentos promovidos por el principal movimiento europeo opuesto al Islam, señaló el politólogo Stefan Weidner, jefe de edición de la revista alemana Fikrun wa Fann (arte y pensamiento), publicada en árabe.

"El movimiento reclama ahora diferenciar entre la crítica ‘moderada’ del Islam y la ‘violenta’", apuntó.

El terrorismo europeo cristiano, como el defendido por Behring Breivik, no ataca a las comunidades musulmanas, al igual que el terrorismo islámico rara vez atenta contra ciudades occidentales, añadió Weidner.

"En vez de atacar la sede del gobierno en Riyad, el odio hacia el Islam de Behring lo llevó a lanzar el ataque más brutal contra su propia sociedad", remarcó.

 

 

 

Europa: inmigración e islamismo

© REUTERS/ Hannibal Hanschke

Firmas

16:45 26.12.2014(actualizada a las 15:27 27.12.2014)

Luis Rivas

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Europa asiste sorprendida a la aparición de un nuevo fenómeno social para el que no cuenta con soluciones fáciles: el rechazo de muchos de sus ciudadanos a lo que consideran «la islamización del Viejo Continente».

Las manifestaciones que cada lunes se celebran en la ciudad alemana de Dresde –y que se multiplican por otras localidades del país– representan el último ejemplo, y quizá el más evidente, del sentir de una parte de la ciudadanía europea. En Alemania, la organización autodenominada “Patriotas europeos contra la islamización de Occidente” (Pegida, en su acrónimo alemán) ha despertado las alarmas del establishment.

Los seguidores de Pegida, cada semana más numerosos, desfilan bajo el lema “Wir sind das Volk”, (“Nosotros somos el pueblo”), la frase que los manifestantes de la antigua Alemania del Este coreaban contra el régimen de la extinta RDA. Pegida, un movimiento apoyado por ciudadanos de todas las edades, denuncia lo que ellos entienden por “islamización” de su país  y que se manifiesta en las exigencias que, según ellos, quiere imponer  el islamismo al que las autoridades –denuncian– no ponen freno.

Alemania ha vivido recientemente algunos episodios que han servido de combustible a este sentimiento. La aparición de una llamada policía de la sharia en algunos barrios, que acosa a los ciudadanos intentando hacer respetar la ley islámica; la multiplicación de velos y burkas en las calles, el aumento de la delincuencia en barrios donde la policía tiene dificultades para actuar… A ello se añade el auge del multiculturalismo y el sentimiento de que las tradiciones y la cultura locales deben ser olvidadas para adaptarse a los nuevos tiempos. Así, por ejemplo, en ciertas ciudades, el tradicional mercado de Navidad ha sido rebautizado como “mercado de invierno”.

Los partidos políticos tradicionales han reaccionado abruptamente a Pegida, con la acusación fácil de xenofobia. Cierta prensa solo ha sabido reaccionar con el tradicional y simplista argumento de considerar a los manifestantes como “nazis”.

“Rebelión popular, no son nazis”

El politólogo Werner Patzel, de la Universidad de Dresde, piensa que Pegida nace del hecho de que una parte importante de la población se rebela contra algo sobre lo que nunca se le ha consultado ni se ha debatido: que Alemania se haya convertido en una tierra de emigración. “Los manifestantes no son nazis”, dice, “serían fácilmente recuperables para los cristiano-demócratas (de Angela Merkel), si estos dejaran de aplicar la política del avestruz”.

Los simpatizantes de Pegida afirman no estar contra la emigración, sino contra la llegada de inmigrantes que quieren imponer su religión,  su cultura y rechazan integrarse en el país que les acoge. Alemania, recordemos, ha sido siempre un país de emigración: polacos, yugoslavos, españoles, italianos, portugueses, turcos o latinoamericanos pueden dar testimonio de ello. Lo que Pegida denuncia y lo que muchos políticos en Europa se niegan a mencionar es que el problema no está en la emigración, sino en la presión de un islam radical que, cierto, ha impregnado en una minoría, pero que es incesantemente impulsado por algunos responsables de esa comunidad que tienen como objetivo imponer su weltanschauung (su visión del mundo).

Que el insulto y la demonización de este fenómeno no es el mejor remedio puede observarse en la vecina Francia. Durante décadas los partidos y la prensa que sostiene al sistema, lo que otros denominan “las élites”, han respondido con el insulto y el desprecio a los dirigentes y votantes del Frente Nacional de los Le Pen. Mientras tanto, millones de ciudadanos han engordado las filas de una organización que recoge el sentimiento de abandono de millones de franceses ante lo que consideran como efectos negativos de la globalización, el diktat de los burócratas de la Unión Europea, la crisis social y económica del liberalismo desenfrenado y, por supuesto, el multiculturalismo y sus defensores, que se extasían ante la cultura ajena y desprecian los valores y creencias nacionales. El Frente Nacional es ahora el primero en intención de voto.

Francia: “la guerra de los belenes” y la censura

En Francia, país donde el laicismo es ley desde 1905, hay también una amplia capa de la población que denuncia que esa ley nacida hace más de un siglo para separar el poder del Estado y la Iglesia Católica, es utilizada ahora para apagar las tradiciones del país. Estas Navidades, el rechazo al multiculturalismo creciente y –también hay que decirlo– el hartazgo ante la presión islamista, se ha traducido en “una guerra de belenes”. Varias ciudades han desafiado la ley que exige la neutralidad religiosa en organismos públicos y han instalado a la Virgen María, a San José y al niño Jesús en la entrada de los ayuntamientos. Llevado el caso a los tribunales, por el momento los jueces han decidido que los belenes pueden quedarse donde están.

Muchos fervientes defensores franceses del laicismo curiosamente se vuelven más comprensivos cuando se trata de decisiones exigidas por una minoría de musulmanes. Así, se pasa por alto que en el país considerado “de la libertad” haya ayuntamientos, como el de la ciudad de Lille, donde en las piscinas municipales existan horarios diferentes para hombres y mujeres. O que se permita el rezo musulmán en las calles, cuando los propios responsables de esa religión explican que la oración se puede hacer en casa, en la intimidad. O que se tolere que las niñas  lleven el velo islámico en algunas guarderías públicas.

Plantear esa simple contradicción puede valerle a uno ser calificado con los insultos supremos dedicados al que disiente en Europa: nazi y fascista. En Francia, donde tres atentados al grito de “Alá es grande” se han producido durante las Navidades y han costado la vida a una persona, se intenta por todos los medios minimizar el auge del radicalismo islamista. Políticos y periodistas que jamás han puesto un pie en los suburbios olvidados por la República, imparten lecciones de moral, de tolerancia y de apertura de espíritu a quienes ponen peros a su idílica visión de las cosas.

Aficionados a los "autodafés", al linchamiento público y a la delación, algunos políticos y periodistas han hecho una campaña de denigración de tal magnitud contra el escritor y ensayista de más éxito del año, que han obtenido su desaparición definitiva de una cadena de televisión privada. El “pecado” de Éric Zemmour es insistir sobre la destrucción de los valores franceses y de la memoria nacional. Zemmour denuncia también la inmigración masiva y el auge del integrismo islámico en su país.

Es solo un ejemplo de la dificultad para mantener un debate sobre un asunto que debería abordarse con frialdad y respeto para todos. Tratar la inmigración como un arma arrojadiza solo conduce a un callejón sin salida. Que la inmigración debe ser regulada, pocos lo dudan en Europa. Pero quienes lo piden no son automáticamente xenófobos o racistas. Cerrar los ojos ante el islamismo es, por otra parte, suicida.

*Luis Rivas, periodista. Excorresponsal de TVE en Moscú y Budapest. Dirigió los servicios informativos del canal de TV europeo EuroNews. Vive en Francia desde hace más de 20 años.

 

Una reflexión difícil

 Por Boaventura de Sousa Santos

El terrible crimen cometido contra los periodistas y dibujantes de Charlie Hebdo hace muy difícil un análisis sereno de lo que está implicado en este acto bárbaro, de su contexto y precedentes, así como de su impacto y repercusiones futuras. Sin embargo, este análisis es urgente, bajo pena de continuar avivando un fuego que mañana puede alcanzar a las escuelas de nuestros hijos, nuestras casas, nuestras instituciones y nuestras conciencias. Las siguientes son algunas ideas para ese análisis.

- La lucha contra el terrorismo, la tortura y la democracia. No se pueden establecer nexos directos entre la tragedia de Charlie Hebdo y la lucha contra el terrorismo que los Estados Unidos y sus aliados están ejecutando desde el 11 de septiembre de 2001. Pero es sabido que la extrema agresividad de Occidente ha causado la muerte de muchos millares de civiles inocentes (casi todos musulmanes) y ha sometido a niveles de tortura de una violencia increíble a jóvenes musulmanes contra los cuales las sospechas son meramente especulativas, como consta en el reciente informe presentado al Congreso norteamericano. Y también es sabido que muchos jóvenes islámicos radicales declaran que su radicalización nació de la revuelta contra tanta violencia impune. Ante esto debemos reflexionar si el camino para frenar la espiral de violencia es continuar con las mismas políticas que la han alimentado como ahora es demasiado evidente.

La respuesta francesa al ataque muestra que la normalidad constitucional democrática está suspendida y que un estado de sitio no declarado está en vigor, que los criminales de este tipo, en lugar de ser apresados y juzgados, deben ser abatidos, que este hecho no representa aparentemente ninguna contradicción con los valores occidentales. Entramos en un clima de guerra civil de baja intensidad. ¿Quién gana con esto en Europa? Ciertamente, no los partidos de izquierda como Podemos en España o Syriza en Grecia.

- La libertad de expresión. Es un bien precioso pero tiene límites, y la verdad es que, en su inmensa mayoría, esos límites son impuestos por aquellos que defienden la libertad sin límites, siempre y cuando sea “su” libertad. Hay muchos ejemplos de estos límites: si en Inglaterra un manifestante dice que David Cameron tiene sangre en las manos, puede ir preso; en Francia, las mujeres islámicas no pueden usar el hiyab; en 2008, el dibujante Maurice Siné fue despedido de Charlie Hebdo por haber escrito una crónica supuestamente antisemita. Esto significa que los límites existen, pero son diferentes para diferentes grupos de interés. Por ejemplo, en América latina, los grandes medios, controlados por familias oligárquicas y por el gran capital, son los que más claman por la libertad de expresión sin límites para descalificar a los gobiernos progresistas y ocultar todo lo bueno que estos gobiernos han hecho por el bienestar de los más pobres.

Aparentemente, Charlie Hebdo no reconocía límites para descalificar a los musulmanes, incluso cuando muchos de sus dibujos fueran propaganda racista y alimentasen la ola islamofóbica y antiinmigrante que avasalla a Francia y, en general, a Europa. Además de muchos dibujos con el Profeta en poses pornográficas, uno de ellos, bien aprovechado por la extrema derecha, mostraba un conjunto de mujeres musulmanas embarazadas, presentadas como esclavas sexuales de Boko Haram que, apuntando a sus vientres, pedían que no les fuese retirado el subsidio social por embarazo. De un golpe, se estigmatizaba al Islam, a las mujeres y al Estado de bie-nestar social. Obviamente que, a lo largo de los años, la mayor comunidad islámica de Europa se fue sintiendo ofendida por esta línea editorial, aunque fue igualmente inmediato su repudio ante este crimen bárbaro. Debemos, pues, reflexionar sobre las contradicciones y asimetrías de los valores que creemos son universales.

- La tolerancia y los “valores occidentales”. El contexto en que ocurrió el crimen es dominado por dos corrientes de opinión, ninguna de ellas favorable a la construcción de una Europa inclusiva e intercultural. La más radical es frontalmente islamofóbica y antiinmigrante. Es la línea dura de la extrema derecha en toda Europa y de la derecha cuando se ve amenazada por elecciones próximas (el caso de Antonis Samarás en Grecia). Para esta corriente, los enemigos de la civilización europea están entre “nosotros”, nos odian, tienen pasaportes de nuestros países; y esta situación solo se resuelve liberándonos de ellos. La pulsión antiinmigrante es evidente.

- La otra corriente es la de la tolerancia. Estas poblaciones son muy distintas de nosotros, son una carga, pero tenemos que “aguantarlas”, hasta porque son útiles; aunque solo debemos hacerlo si ellas son moderadas y asimilan nuestros valores. Pero, ¿qué son los “valores occidentales”? Luego de muchos siglos de atrocidades cometidas en nombre de estos valores dentro y fuera de Europa –de la violencia colonial a las dos guerras mundiales– se exige algún cuidado y mucha reflexión sobre lo que son esos valores y por qué razón, de acuerdo con los contextos, ora se afirman unos ora se afirman otros.

Por ejemplo, nadie pone hoy en duda el valor de la libertad, pero no puede decirse lo mismo de los valores de la igualdad y la fraternidad. Fueron estos dos valores los que fundaron el Estado social de bienestar que dominó la Europa democrática después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en los últimos años, la protección social, que garantizaba niveles más altos de integración social, comenzó a ser puesta en cuestión por los políticos conservadores y hoy es concebida como un lujo inaccesible para los partidos del llamado “arco de gobernabilidad”. La crisis social causada por la erosión de la protección social y por el aumento del desempleo entre jóvenes, ¿no será leña para el fuego del radicalismo por parte de los jóvenes que, más allá del desempleo, sufren la discriminación étnico-religiosa?

- El choque de fanatismos, no de civilizaciones. No estamos ante un choque de civilizaciones, incluso porque la cristiana tiene las mismas raíces que la islámica. Estamos ante un choque de fanatismos, aunque algunos de ellos no aparezcan como tales porque nos son más próximos. La historia muestra cómo muchos de los fanatismos y sus choques estuvieron relacionados con intereses económicos y políticos que, en realidad, nunca beneficiaron a los que más sufrieron con tales fanatismos. En Europa y sus áreas de influencia es el caso de las cruzadas, de la Inquisición, de la evangelización de las poblaciones colonizadas, de las guerras religiosas y de Irlanda del Norte. Fuera de Europa, una religión tan pacífica como el budismo legitimó la masacre de muchos millares de miembros de la minoría tamil de Sri Lanka; del mismo modo, los fundamentalistas hindúes masacraron a las poblaciones musulmanas de Guyarat en 2003, y el eventual mayor acceso al poder que han conquistado recientemente con la victoria del presidente Modi hace prever lo peor. Es también en nombre de la religión que Israel continúa imponiendo la limpieza étnica de Palestina y que el llamado Califato masacra poblaciones musulmanas en Siria y en Irak. ¿La defensa de la laicidad sin límites en una Europa intercultural, donde muchas poblaciones no se reconocen como tales, será después de todo una forma de extremismo? ¿Los diferentes extremismos se oponen o se articulan? ¿Cuáles son las relaciones entre los jihadistas y los servicios secretos occidentales? ¿Por qué los jihadistas del Estado Islámico, que ahora son terroristas, eran “combatientes de la libertad” cuando luchaban contra Khadafi y contra Assad? ¿Cómo se explica que el Estado Islámico sea financiado por Arabia Saudita, Qatar, Kuwait y Turquía, todos aliados de Occidente? Una cosa es cierta, por lo menos en la última década: la gran mayoría de las víctimas de todos los fanatismos (incluyendo el islámico) son poblaciones musulmanas no fanáticas.

- El valor de la vida. El rechazo total e incondicional que los europeos sienten ante estas muertes debe hacernos pensar por qué razón no sienten el mismo rechazo ante un número igual o mucho mayor de muertes inocentes como resultado de conflictos que, en el fondo, ¿tal vez tengan algo que ver con la tragedia de Charlie Hebdo? En el mismo día, 37 jóvenes murieron en Yemen en un atentado con una bomba. El verano pasado, la invasión israelí causó la muerte de dos mil palestinos, de los cuales cerca de 1500 eran civiles y 500 niños. En México, desde el año 2000 fueron asesinados 102 periodistas por defender la libertad de expresión y, en noviembre de 2014, 43 jóvenes fueron asesinados en Ayotzinapa.

Ciertamente, la diferencia en la reacción no puede estar basada en la idea de que la vida de europeos blancos, de cultura cristiana, vale más que la vida de europeos de otros colores o de no europeos de culturas basadas en otras religiones o regiones. ¿Será entonces porque estos últimos están más lejos de los europeos y son menos conocidos por ellos? ¿Acaso el mandato cristiano de amar al prójimo permite tales distinciones? ¿Será porque los grandes medios de comunicación y los líderes políticos de Occidente trivializan el sufrimiento causado a esos otros, cuando no los demonizan al punto de hacernos pensar que ellos no merecen otra cosa?